En mi infancia, calculo que tendría diez años, capturé una lagartija y la guardé durante una semana en un tarro de cristal. La miraba fascinado a todas horas y llegué incluso a llevar el frasco a clase, exhibiéndolo con orgullo en una esquina del pupitre -aun hoy me pregunto como aquel profesor cascarrabias consintió tal licencia. El hedor que comenzó a desprender a los pocos días y quizá la mala conciencia me animaron a liberar al desdichado animal. Observaba con detenimiento y me asombraba la perfección de su forma, de sus ojos diminutos, cada pequeño detalle de su fisonomía, su forma de moverse; Cada ser vivo es una maravilla de la naturaleza, una ingeniosa estructura evolucionada durante milenios para adaptarse al medio ambiente… Y otra vez nuestra arrogancia -o complicidad- esta destruyendo todo este legado, del que ya parece claro que no queremos formar parte. Me admira el trabajo -y actitud- de la fotógrafa gallega Silvia Calvo -paisajes naturales, plantas y seres vivos de todo tamaño y condición-, una sencilla y elocuente declaración de amor por la vida.
Fotografia:
Del proyecto Palabras, 2019
Silvia Calvo