A veces me pregunto cómo hablarán de los fotógrafos los libros de historia del próximo siglo -dada la trayectoria actual, fiarlo mas allá de 100 años parece descabellado. Esa obsesión por registrar, almacenar y compartir imágenes fijas causará a los habitantes del futuro la misma extrañeza que le causó a mi sobrina de 11 años mis explicaciones sobre la fotografía analógica. La realidad aumentada se habrá incorporado con «naturalidad» al paisaje y existencia humanas y la realidad «de verdad» será un territorio de acceso esporádico. ¿Que necesidad habrá, pues, de fotografiar? Las imágenes se generarán mediante algoritmos y se consumirán en el ciberespacio. ¿Y la fotografía como prótesis de la memoria?…¿Qué necesidad habrá de memoria en un mundo virtual que puede ser reproducido en bucle?
Los fotógrafos exploraban el entorno, detectando anomalías visuales en el paisaje y censando a individuos singulares, que registraban mediante dispositivos sensibles a la luz. Eventualmente planificaban sus pesquisas en proyectos y agrupaban sus trabajos en primitivos sistemas de visualización denominados «fotolibros»
La imagen que acompaña es de Alfonso Gómez -agudo explorador visual y recolector de anomalías-, causará no poca perplejidad a los futuros historiadores de paleo-fotografía.
Fotografía:
Alfonso Gómez, 2020