Contagiados de la insignificancia de una tenue línea que con obstinada insistencia traza sobre el negro asfalto su camino, nos empeñamos en el horizonte, en alcanzar metas imaginadas, sin volver la vista atrás ni por un instante. Empeñadas como están en avanzar, a las líneas rectas no les suele interesar el trayecto ya recorrido, solo les interesa lo lejos que podrán llegar. Apasionados devotos de lo rectilíneo y de su inexorable avance, ni siquiera tenemos en cuenta las pequeñas batallas que a nuestro paso se libran en las orillas del trazado. Son una mala compañía las líneas rectas y conviene utilizar cualquier medio a nuestro alcance para escapar de tan nefasta influencia, girarse, escapar de la monotonía, de lo absurdamente planificado, recuperar la memoria de lo recorrido. Elogio la osadía con la que Antonio Segura revela la inflexible tiranía por donde la línea del tiempo nos conduce hacia la más terrible oscuridad… sin más comentarios y antes de que sea «tarde para mirar atrás».
Fotografía:
Tarde para mirar atrás, 2012
Antonio Segura
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