Esto funciona asi: en el momento en que me pongo a escribir de una foto para la Caja de Membrillo, aun no he contactado con el autor para solicitar su permiso. Casi siempre desconozco el contexto de la fotografía o la información que el autor me pueda aportar sobre la imagen. El texto es mi lectura, mi posicionamiento ante la imagen y la proyección de mi propia experiencia. Aunque refieriendose al entorno visual de la imagen, Berger aseguraba que nunca vemos de forma aislada una imagen, ni siquiera en el aseptico espacio del «cubo blanco»; yo añado, que en el entorno emocional, nuestro propio recorrido influye directamente en la recepción del significado de la imagen (conviene volver a Barthes y los conceptos de imagen denotada y connotada). Intuyo en la imagen de Ximo Mingarro una de esas historias de las que tradicionalmente escapa el foco de la cámara -un momento antiKodak-; un relato fotográfico donde el dolor y la soledad se proyectan con insidiosa negrura sobre una vidas en las que el tiempo parece haberse convertido en espera. Dejando de lado cualquier pretensión conmemorativa, las fotografias se convierten en una especie de anticipación del duelo y el olvido, en ese recorrido me identifico y reconozco.
Hubo un amigo de mi familia que me dijo una vez, que todo aquello que hacemos es consecuencia de algo.Empecé a ser consciente de la importancia personal de este trabajo, cuando reviví la época en la que mi abuela empezó a no existir, a desdibujarse, a desaparecer.
Tenía por aquel entonces 18 años, y me limitaba a vivir el día a día sin hacerme cualquier tipo de preguntas. Fue una época dura para mi familia, tuvimos que ejercer de enfermer@s no-profesionales, con las consecuentes frustraciones y las inestabilidades emocionales que esa situación conllevaba.
Conocí a Encarna y Antonio, muchísimos años después, y vi en ellos una oportunidad de enfrentarme a l enfermedad que fulminó a mi ser querido. Quería preguntas y al mismo tiempo evidenciar lo que esta situación podía llegar a hacer a cualquier familia medianamente estable.
Lloramos, cantamos y nos emocionamos durante un año y medio que duró mi viaje con ellos. Me abrieron sus puertas y sus corazones. Y permitieron que me enfrentara una vez más a mis miedos y mis dudas.
Este trabajo no evidencia la ya conocida enfermedad que padecía Antonio, sino más bien visibiliza la figura del cuidador/a que le tocó representar a Encarna, una octogenaria que se enfrentó al Alzheimer y a todas sus consecuencias.
Dos años después y sin su Antonio, Encarna empieza a recuperar su vida, una vida que el Alzheimer también desdibujó.
Para saber mas:
www.instagram/mingarrosales